Turismo que cuida: guía completa de turismo sostenible y responsable

Viajar ya no va solo de hacer fotos y tachar destinos en una lista: cada vez más personas buscan un turismo que cuida de los lugares, de la gente y del planeta. Hablamos de una forma de moverse por el mundo que mira más allá del “todo incluido” y se pregunta qué huella deja en aquello que visita.

Este cambio de mirada ha dado lugar a conceptos como turismo sostenible, turismo responsable, ecoturismo o slow tourism. Todas estas ideas comparten una base común: disfrutar del viaje sin destrozar aquello mismo que nos atrae, ya sea un parque natural, una ciudad histórica o las tradiciones de una comunidad local.

Qué es realmente el turismo sostenible y el turismo responsable

La Organización Mundial del Turismo define el turismo sostenible como aquel que tiene en cuenta los impactos actuales y futuros en el medio ambiente, la economía y la sociedad, y que busca satisfacer las necesidades tanto de los visitantes como de la población local y del propio destino. No se trata de prohibir el turismo, sino de cambiar el modelo para que pueda mantenerse en el tiempo.

Desde esta perspectiva, un turismo que cuida se apoya en una triple vertiente: ambiental, social y económica. España, por ejemplo, ha incorporado esta visión en las políticas del Ministerio de Industria y Turismo, alineando el sector con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030.

Conviene diferenciar, aunque hoy se mezclen, entre turismo sostenible y turismo responsable. Mientras el primero se refiere sobre todo a las prácticas y modelos de gestión de destinos y empresas, el segundo alude al comportamiento del viajero: cómo decide, cómo consume y cómo se relaciona con el territorio y sus habitantes.

El Consejo Mundial de Turismo Sostenible resume bien esta diferencia al señalar que la sostenibilidad es el marco y el turismo responsable es la actitud. Un destino puede hacer las cosas muy bien, pero si quienes lo visitan no respetan normas básicas, el resultado no será positivo.

Cómo hemos llegado hasta aquí: origen y evolución del turismo sostenible

La preocupación por un turismo menos depredador con el entorno y más justo con las comunidades empezó a tomar forma entre los años 70 y 90 del siglo pasado. La ONU, el Consejo de Europa y otros organismos internacionales comenzaron a advertir de que el turismo de masas estaba generando impactos económicos, ambientales y socioculturales difíciles de asumir.

El famoso Informe Brundtland de 1987 introdujo el concepto de desarrollo sostenible, y en 1992 la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro marcó un antes y un después al exigir que todos los sectores económicos, incluido el turismo, integrasen la variable ambiental en sus decisiones.

A partir de ahí se suceden hitos clave: la Guía para un turismo ambientalmente responsable (PNUMA, 1995), la primera Carta de Turismo Sostenible aprobada en Lanzarote en 1995, o la “Agenda 21 para la Industria Turística” de 1996, impulsada por la OMT, el WTTC y el Consejo de la Tierra.

En los años posteriores se celebran conferencias y declaraciones en Berlín, Manila, las Maldivas o Seychelles, donde se fijan principios como la reducción del consumo de recursos, la protección de la diversidad cultural, el refuerzo de la economía local o la participación comunitaria.

En 1997, la UNESCO impulsa la creación del Instituto de Turismo Responsable, que en 1998 lanza un sistema de turismo responsable para evaluar y certificar prácticas sostenibles, con criterios específicos de lucha contra el cambio climático. Y en 2017, la ONU declara Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo, reconociendo el papel del sector como aliado potencial de la Agenda 2030.

Los tres grandes impactos del turismo y por qué hay que gestionarlos

El turismo internacional ha pasado en unas décadas de mover 25 millones de personas a cientos de millones de viajeros al año, llegando a rincones cada vez más remotos. Es evidente que un fenómeno de esta magnitud no puede ser neutro. Sus impactos suelen agruparse en tres grandes bloques: económico, ambiental y sociocultural.

En el plano económico, el turismo puede generar empleo, ingresos y modernización de infraestructuras, pero también efectos negativos: inflación en zonas turísticas, encarecimiento de la vivienda, dependencia casi exclusiva del sector (como si fuera un monocultivo) y pérdida de beneficios cuando buena parte de las ganancias se fugan a multinacionales externas.

En el medio ambiente, el turismo de masas ha sido especialmente agresivo: urbanización descontrolada de zonas costeras, sobreexplotación del agua, mala gestión de residuos, destrucción de hábitats, contaminación atmosférica y acústica, o transformación radical de paisajes para campos de golf y grandes infraestructuras recreativas.

En el ámbito sociocultural, el turismo mal gestionado puede derivar en mercantilización de tradiciones, pérdida de sentido de rituales y fiestas, choque cultural, aumento de la criminalidad o fenómenos preocupantes como la prostitución ligada al turismo. También puede intensificar desigualdades internas cuando solo un grupo minoritario se beneficia realmente de la actividad.

Todos estos problemas han llevado a hablar de capacidad de carga turística: cada lugar tiene un límite de visitantes y de intensidad de uso que puede soportar sin deteriorarse. Superar esa capacidad, algo frecuente con el sobreturismo, implica daños que a veces son irreversibles.

España: estrategia, políticas y planes de turismo que cuida

España, como una de las grandes potencias turísticas mundiales, ha empezado a mover ficha para orientar su modelo hacia un turismo más resiliente, diversificado y sostenible. El Ministerio de Industria y Turismo trabaja con varias líneas de actuación para cambiar el rumbo tradicional del sector.

Entre las prioridades destacan cuatro grandes ejes: desconcentrar los flujos de visitantes (para que la presión no recaiga solo en Cataluña, Baleares, Andalucía, Canarias, Madrid y Comunidad Valenciana), desestacionalizar la demanda, diversificar productos (naturaleza, enogastronomía, cultura, turismo rural, turismo científico, etc.) y digitalizar experiencias y destinos.

El compromiso se ha plasmado en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, cuyo componente 14 se dedica íntegramente al turismo sostenible, con una dotación de casi 4.000 millones de euros. Esta inversión financia la Estrategia de Turismo Sostenible 2030, actuaciones de digitalización como la Red de Destinos Turísticos Inteligentes, el plan Última Milla, programas de resiliencia para territorios extrapeninsulares y mejoras en eficiencia energética, economía circular o rehabilitación de patrimonio con uso turístico.

Una pieza clave son los Planes de Sostenibilidad Turística en Destino, que apoyan a entidades locales de todo el país para desarrollar proyectos concretos: gestión eficiente del agua y la energía, formación en buenas prácticas para empresas, descongestión de espacios saturados y promoción de destinos menos conocidos.

En paralelo, se han impulsado ayudas para la restauración de patrimonio histórico con fines turísticos, la iniciativa Experiencias Turismo España o redes específicas de innovación. Todo ello con la idea de que el turismo no solo genere divisas, sino también bienestar y protección del entorno.

Destinos que ya son un ejemplo de turismo que cuida

Más allá de los discursos, hay territorios que ya están demostrando que el turismo puede ser una palanca de conservación, inclusión social y desarrollo local. La lista es larga y diversa, desde pequeños pueblos a grandes capitales.

En Europa, Eslovenia se ha propuesto ser uno de los países más verdes del mundo. Cerca del 60% de su superficie está cubierta de bosques, y existe un programa nacional de certificación para destinos verdes que reconoce municipios y espacios con políticas ambientales ejemplares, protección de la biodiversidad y participación ciudadana.

Copenhague, por su parte, aspira a ser una ciudad neutra en carbono. Cerca de la mitad de sus habitantes se desplaza habitualmente en bicicleta, se han implantado sistemas pioneros de reciclaje y generación de energía limpia y se prioriza la movilidad activa y el espacio público de calidad. No es casual que sea uno de los referentes mundiales de turismo urbano sostenible.

En España, Pontevedra se ha ganado su fama de “ciudad de las personas” gracias a una profunda transformación urbana: restricción del tráfico motorizado en el centro, creación de kilómetros de itinerarios peatonales y ciclistas, mejora de la calidad del aire y recuperación del espacio público para la vida cotidiana. Estos cambios le han valido premios como el ONU-Hábitat.

Otros destinos internacionales completan el mapa: Botsuana, donde una quinta parte del territorio es espacio protegido y se han creado marcos legales para que las comunidades tribales sean socias de los proyectos turísticos; Røros en Noruega, que ha conservado su arquitectura de madera y su gastronomía local; Praia en Cabo Verde, que planea abastecerse de energías renovables al 100%; Curitiba en Brasil, pionera en transporte público eficiente y medición del CO2 absorbido por sus zonas verdes; Portland en Estados Unidos, con su extensa red ciclista y sus azoteas verdes; o Azores, en Portugal, donde apenas el 5% del territorio está urbanizado y varias islas son Reservas de la Biosfera.

Ejemplos de proyectos y alojamientos sostenibles en todo el mundo

La teoría cobra otra dimensión cuando se observan casos concretos de hoteles eco-friendly, resorts, iniciativas comunitarias que llevan años aplicando principios de turismo responsable. A continuación se recorre un amplio abanico de ejemplos que ilustran hasta dónde puede llegar este cambio de modelo.

Gijón y su apuesta integral por un destino responsable

Gijón fue una de las primeras ciudades europeas en obtener la certificación Biosphere World Urban Destination, avalada por la UNESCO y otorgada por el Instituto de Turismo Responsable. Esta distinción reconoce un modelo que combina protección ambiental, calidad de vida, cultura viva y compromiso social.

Más del 85% del concejo gijonés es zona rural, donde sobresale el Jardín Botánico Atlántico, único en la Cornisa Cantábrica, con unas 25 hectáreas y decenas de miles de plantas catalogadas. La Carbayera del Tragamón, un robledal centenario, simboliza la importancia que la ciudad concede a sus paisajes.

Gijón también ha impulsado programas para fomentar la economía local, crear empleo y garantizar la accesibilidad. El “Plan de accesibilidad integral y de no discriminación” se orienta a conseguir una ciudad inclusiva. A todo ello se suma un modelo turístico que premia la innovación, la calidad y el respeto ambiental, reconocido por el Ministerio de Industria, Energía y Turismo.

Dentro de esta apuesta se enmarca el programa Gijón Turismo Responsable. Empresas Comprometidas, que involucra oficinas de información, hoteles, equipamientos culturales, llagares y restaurantes en la aplicación de buenas prácticas. Estos establecimientos trabajan en red para compartir mejoras y avanzar en la certificación Biosphere.

Nautilus Lanzarote y el Grupo de Alojamientos Sostenibles

En Canarias, Nautilus Lanzarote decidió hace años orientar su modelo hacia la accesibilidad y la sostenibilidad. Desde 2004 se fijó como objetivo lograr la certificación Biosphere y reformó su aparthotel para hacerlo plenamente accesible a personas con movilidad reducida.

El complejo cambió sus sistemas de riego para ahorrar agua, instaló inodoros de doble descarga y duchas eficientes, adoptó papel reciclado y articuló una estricta política de consumo responsable. Además, colocó campos fotovoltaicos hasta lograr que alrededor del 60% de la energía utilizada proceda de fuentes limpias.

Como parte de la Red de Turismo Responsable, Nautilus colabora con empresas que reciclan aceite, tóner y material eléctrico, y mantiene alianzas con ONG dentro y fuera de la isla para mejorar la calidad de vida de personas vulnerables, demostrando que la sostenibilidad también tiene un lado social muy concreto.

Más allá del caso concreto, en Lanzarote surgió el Grupo de Alojamientos Sostenibles (GAS) de ASOLAN, que agrupa establecimientos cuya política empresarial incluye el compromiso con el medioambiente, la cultura y el desarrollo socioeconómico del territorio. Este grupo ha contribuido a crear un estándar de turismo sostenible reconocido por UNESCO y OMT.

Hoteles y resorts que integran la sostenibilidad en su ADN

Uno de los ejemplos más emblemáticos en América Latina es Biohotel Organic Suites, en Bogotá. Diseñado desde cero con criterios de ecoeficiencia, se ha convertido en icono arquitectónico y pionero en certificación LEED. Su enfoque no se centra solo en la construcción, sino también en la selección de proveedores y suministros que cumplan estándares ambientales exigentes.

En Jordania, Feynan Ecolodge marca un hito en ecoturismo. Propiedad de la Real Sociedad para la Conservación de la Naturaleza y gestionado por una empresa local, integra el desarrollo socioeconómico de comunidades beduinas con la conservación de ecosistemas desérticos. El albergue minimiza su huella ambiental, ofrece energía renovable y ha sido reconocido por publicaciones como National Geographic.

En las Maldivas, el complejo Finolhu Villas del Club Méditerranée opera principalmente con energías renovables. Sus casi 6.000 m² de paneles solares se integran en el paisaje, presta especial atención a la gestión del agua, la biodiversidad y los residuos, e incluso ha instalado una planta de embotellado de agua en vidrio para eliminar las botellas de plástico.

En Argentina, Bahía Montaña se asienta en un bosque nativo y ha sido certificada varias veces según la norma ISO 14001. Desde la construcción se cuidó al máximo el entorno, utilizando mayoritariamente especies autóctonas en jardines y parques y evaluando de forma continua la gestión del bosque y la cuenca.

En España, la cadena Fuerte Hoteles lleva más de cinco décadas integrando la sostenibilidad como principio rector, con microsites ambientales interactivos, vídeos de sensibilización en habitaciones, cálculo de huella ecológica y de carbono e inversión en eficiencia energética. Grandes cadenas internacionales como Marriott, Hilton, Accor o RIU también han desarrollado estrategias de sostenibilidad con metas de descarbonización, ahorro de agua, conservación de biodiversidad y programas de desarrollo comunitario.

Proyectos rurales, comunitarios y experiencias innovadoras

El turismo que cuida no se limita a hoteles de lujo. En Portugal, el alojamiento rural Chão do Rio, cerca del Parque Natural de la Serra da Estrela, combina cabañas de piedra con techos de paja, piscina biológica y granja donde se fomenta el contacto con la naturaleza. Los desayunos con productos locales, las bicicletas disponibles, los gallineros móviles y la colaboración con productores de la zona ilustran un modelo que refuerza la economía rural.

En Travancinha, las familias pueden recoger huevos, jugar al aire libre y recorrer senderos, mientras empresas locales suministran comidas a domicilio y servicios de ocio sin comisiones abusivas. El objetivo es que la riqueza generada por el turismo se quede en el territorio.Aficiones y tiempo libre

Otro caso interesante es L’Avenc de Tavertet, en Cataluña, un apartahotel familiar que se ha propuesto integrar a más del 80% de los actores económicos locales en su cadena de valor. Prioriza productos de kilómetro cero, ecológicos o de comercio justo, y bienes que respetan el bienestar animal y el medio ambiente. De este modo incentiva la asociación entre empresas y promueve un modelo territorialmente arraigado.

En Bizkaia, el Natural Resort Amalurra ha sido seleccionado como proyecto piloto europeo en el marco del programa neZEH (Hoteles de Consumo Casi Cero). Su comunidad, con más de 20 años de trayectoria ecológica, ha implantado energía solar y biomasa, plantación de miles de árboles autóctonos y arquitectura bioclimática. Estas acciones le han valido premios como el de Sostenibilidad Ambiental SOHO.

En la Isla de Príncipe, el proyecto de Bombom / Omali ha desarrollado un sistema para reducir el uso de plástico mediante la “botella de la Biosfera”: por cada 50 botellas de plástico recogidas se entrega una botella de acero recargable, que puede rellenarse en puntos de agua potable. Así se combina reciclaje, educación ambiental y acceso a agua segura.

Transporte, tecnología y turismo de naturaleza especializado

Un eslabón habitualmente olvidado del turismo sostenible es el transporte, especialmente el marítimo. Para enfrentarlo, empresas como Naval DC y Soel Yachts han desarrollado embarcaciones solares eléctricas, como el SoelCat 12, un catamarán costero que funciona con energía solar y ofrece transporte neutro en carbono entre islas, resorts y reservas naturales.

En el ámbito urbano, proyectos como Twentytú Hi-tech Hostel en la provincia de Barcelona apuestan por un modelo híbrido entre hostel y hotel, pensado para familias y grupos, con diseño eficiente, accesibilidad y gestión sostenible. Barcelona, además, fue una de las primeras ciudades del mundo en obtener la certificación Biosphere Responsible Tourism.

Organizaciones como SEO/BirdLife han apostado por el turismo ornitológico. Su programa iberaves busca formar a profesionales del sector turístico en buenas prácticas de turismo de naturaleza con bajo impacto. Los materiales han tenido miles de consultas y ayudan a conectar observadores de aves, guías y empresas locales de forma respetuosa con los ecosistemas.

En el terreno del turismo socialmente responsable destaca FAPMI-ECPAT España, que difunde el Código de Conducta internacional “The Code” para prevenir la explotación sexual comercial de la infancia asociada al turismo. Este instrumento de autorregulación corporativa implica a miles de empresas en decenas de países.

Otros proyectos, como Impact Tourism, se enfocan en crear viajes que dejan huellas sociales positivas medibles, conectando a los turistas con iniciativas comunitarias que abordan retos locales. Y redes como Good Thinking Outdoors fomentan el ecoturismo comunitario basado en la naturaleza, la resiliencia personal y la colaboración entre mentores y proyectos intracomunitarios.Viajes y transporte

Casos destacados en España y América Latina: de Doñana a Tambopata

Un buen ejemplo de turismo que cuida en Perú es la Reserva Nacional Tambopata, en plena Amazonia. Allí, operadores turísticos trabajan junto a comunidades locales para ofrecer experiencias de observación de fauna y flora, programas de educación ambiental y límites de visitantes que garantizan la conservación de uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta.

Los viajeros pueden participar en actividades formativas, apoyar proyectos de conservación y contribuir económicamente a las familias locales mediante la contratación de guías indígenas, alojamiento en ecolodges comunitarios y consumo de productos de la zona.

En España, el Parque Nacional de Doñana representa otro caso emblemático. Su gestión turística se basa en visitas guiadas y controladas, senderos bien definidos y programas de sensibilización. Así se protegen hábitats cruciales para aves migratorias y especies amenazadas, a la vez que se impulsa una economía local ligada a servicios de interpretación, hostelería y productos regionales.

Este tipo de destinos ilustran cómo es posible compatibilizar la conservación estricta con la actividad turística, siempre que se respeten la capacidad de carga, se controle el acceso a zonas sensibles y se reinviertan los beneficios en el territorio.

Turismo sostenible en América Latina: retos y oportunidades

En América Latina, el turismo sostenible tiene una dimensión particular: a menudo se percibe como una herramienta para reducir la pobreza, revalorizar patrimonio natural y cultural y fomentar un desarrollo más inclusivo que beneficie a comunidades rurales, pueblos indígenas y colectivos históricamente marginados.

La visión exclusivamente ambiental que a veces se aplica en países ricos se queda corta aquí si no se incorpora una fuerte componente social, económica e institucional. Uno de los principales desafíos es que muchas decisiones globales sobre turismo sostenible se toman sin apenas participación latinoamericana, y bajo marcos anglosajones de “sustainable tourism” poco adaptados a la realidad local.

Para contrarrestarlo surgieron iniciativas como la Red de Certificación en Turismo Sostenible de las Américas, creada en 2003 con organizaciones de Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala y otros países, que elaboró una línea base de indicadores de sostenibilidad turística pionera a nivel internacional.

Más recientemente, el Instituto de Turismo Sostenible para América Latina y el Caribe, fruto de la colaboración entre Fundación Plan21 y la Universidad para la Cooperación Internacional, trabaja en cinco líneas: formación, investigación aplicada, incidencia política, gestión de proyectos e integración de actores.

En muchos destinos latinoamericanos se han visto tanto casos de éxito como fracasos. Mientras en la isla de Taquile (Perú) un modelo de turismo comunitario gestionado por la propia población ha funcionado durante décadas, otros intentos de copiarlo en contextos distintos han provocado conflictos. También se han documentado situaciones de desposesión, como la venta forzada de tierras campesinas en lugares con fuerte presión turística.

Cómo medir un turismo que cuida: indicadores y certificaciones

Para que la sostenibilidad no se quede en un eslogan, es imprescindible contar con indicadores claros y comparables que permitan evaluar avances, detectar problemas y orientar decisiones tanto públicas como empresariales.

La OMT ha definido un conjunto de indicadores clave, entre los que destacan: el consumo de electricidad por metro cuadrado de superficie atendida, el consumo de agua dulce por huésped y noche o la generación de residuos por persona. Estos datos ayudan a identificar excesos, comparar temporadas altas y bajas y localizar áreas de mejora.

En la práctica, los indicadores se agrupan en cuatro grandes ámbitos: medio ambiente, entorno socioeconómico, turismo y desarrollo urbano. Una vez medidos, permiten realizar diagnósticos y diseñar planes de acción adecuados a cada destino o negocio.

Sobre esta base han surgido certificados y sellos como Biosphere, LEED, ISO 14001 o marcas nacionales de calidad ambiental, que premian a quienes adoptan políticas serias de reducción de huella de carbono, eficiencia hídrica y energética, gestión de residuos y apoyo a la economía local.

En el sector hotelero, cada vez más establecimientos adoptan energías renovables, iluminación eficiente, reducción de plásticos, consumo responsable y compras sostenibles. La diferencia entre un hotel convencional y uno comprometido se aprecia en las pequeñas decisiones diarias: desde los amenities que ofrece hasta a quién compra los alimentos o qué tipo de trabajo genera.

Turismo responsable: el papel del viajero en el turismo que cuida

Más allá de las grandes inversiones, el modelo de turismo que cuida necesita de viajeros que asuman su parte de responsabilidad. No se trata de viajar con culpa, sino de hacerlo con cabeza y con ganas de aportar algo positivo.

Un turista responsable presta atención al medio de transporte que elige, al alojamiento que reserva, a las actividades que realiza y a dónde va su dinero. Optar por destinos cercanos cuando sea posible, priorizar el tren o el autobús en lugar del avión, viajar fuera de temporada alta o elegir barrios menos saturados puede marcar la diferencia.

Una vez en el destino, es recomendable apostar por productos y servicios locales, respetar códigos culturales y religiosos, pedir permiso antes de hacer fotos a personas o lugares sagrados y evitar la extracción de “souvenirs” naturales como conchas, arena o piedras.

Existen múltiples formas de turismo responsable: naturalista, enogastronómico, emocional, experiencial, comunitario o de proximidad. Todas buscan que el viaje sea más pausado, más cercano y más beneficioso para quienes viven en el lugar.

Para facilitarlo, incluso han surgido herramientas culturales como los libros de viaje de editoriales especializadas, que tratan de ir más allá de la típica guía y ofrecen una inmersión literaria y artística que anima a contemplar el destino con otra mirada, más atenta y respetuosa.

Consejos prácticos y decálogo de buenas prácticas para un turismo que cuida

Varias iniciativas institucionales, como la lanzada por el Ministerio de Medio Ambiente, la Fundación Biodiversidad e Iberia, han elaborado recomendaciones sencillas para cualquier persona que viaje y quiera reducir su impacto.

Entre estas “diez recomendaciones” destacan ideas como elegir proveedores con garantías ambientales y de respeto a los derechos humanos, usar el agua y la energía con moderación, minimizar residuos y depositarlos de forma correcta, o evitar dejar rastro en espacios naturales más allá de la propia huella del calzado.

También se anima a no comprar flora y fauna protegida ni productos derivados (cumpliendo el Convenio CITES), a buscar recuerdos que sean expresión auténtica de la cultura local y a disfrutar de la gastronomía, las costumbres y las tradiciones de la población anfitriona con respeto.

En el plano económico, se recomienda priorizar pequeñas tiendas, mercados de barrio, restaurantes familiares y artesanos, y dejar en un segundo plano a las grandes cadenas globales cuando no aportan valor al entorno. De este modo, el gasto turístico tiene un efecto multiplicador en la comunidad.

En lo cotidiano, pequeños gestos como viajar ligero para reducir emisiones, racionalizar el uso de toallas y climatización en hoteles, apagar luces y grifos o preferir envases reutilizables pueden parecer detalles menores, pero si los adopta una masa crítica de viajeros, el impacto agregado es notable.Viajes y transporte

Al final, el turismo que cuida es una forma de entender el viaje como encuentro, aprendizaje y corresponsabilidad. Implica aceptar que cada desplazamiento deja una huella, pero que está en nuestra mano hacer que esa huella sea lo más ligera posible desde el punto de vista ambiental y lo más positiva desde el punto de vista social y cultural.

Fuente: https://www.bezzia.com/

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