Hay personas que apuestan a que la inteligencia artificial se encargará de todo: empleos, decisiones, relaciones y, pronto, incluso el lugar de los voluntarios. Es la fantasía de un mundo en el que los algoritmos resuelven cualquier problema, mientras nosotros solo observamos. Esta visión resulta conveniente para quienes quieren vender la tecnología como una solución mágica a todos los dilemas humanos. Pero comete un gran error en un punto esencial: confunde tarea con cumplir, eficiencia con vinculación, simulación con experiencia real. Y el voluntariado es precisamente el ámbito donde esta diferencia está muy abierta. La IA puede organizar horarios, enviar un recordatorio durante el servicio, filtrar perfiles, generar informes impecables sobre las horas donadas y las personas atendidas. Incluso puede comunicarse de forma convincente, responder con “empatía” entrenada con miles de millones de datos, adaptar el tono de voz a cada usuario. Pero al final del día, no siente nada.
…