Cómo la violencia de género daña el cerebro de las mujeres

Un estudio de la Universidad de Granada vincula olvidos, bloqueos y dificultad para concentrarse de algunas supervivientes con alteraciones neurológicas provocadas por golpes en la cabeza o estrangulamientos

Durante años, cuando una mujer salía de una relación violenta y decía “no soy la misma”, la frase se interpretaba como una forma de hablar del dolor emocional, del miedo acumulado, de la ansiedad que no se iba o de la tristeza que se instalaba en el cuerpo como una segunda piel. Hoy, la ciencia empieza a demostrar que esa expresión es también literal. Un equipo de investigación de la Universidad de Granada ha analizado, desde la neuropsicología clínica, cómo la violencia de género deja secuelas medibles en el cerebro de las mujeres supervivientes y en el de sus hijas e hijos.

El estudio, titulado Neuropsicología de la violencia de género y publicado en 2023, pone palabras científicas a algo que muchas mujeres llevaban tiempo describiendo sin que nadie terminara de entenderlo: Los olvidos, los bloqueos, la dificultad para concentrarse, la lentitud para pensar, la incapacidad para decidir o para organizar su vida no eran solo consecuencia del impacto emocional del maltrato, sino que podían estar vinculados a alteraciones neurológicas reales provocadas por golpes en la cabeza, estrangulamientos y años de estrés extremo y continuado.

La cabeza como lugar de impacto

La investigación recoge que cerca del 80% de las lesiones que presentan las mujeres que acuden a urgencias tras una agresión se localizan en la cabeza, la cara o el cuello. Golpes directos al cráneo, empujones contra superficies duras, intentos de asfixia. Es decir, el lugar al que con mayor frecuencia se dirige la violencia es el mismo que regula la memoria, la atención, la capacidad de pensar y de tomar decisiones. Sin embargo, solo entre un 17% y un 21% de las mujeres que sufren estos traumatismos buscan ayuda médica. Muchas no lo cuentan por miedo, por vergüenza o porque ni siquiera son conscientes de que esos síntomas que empiezan a notar; dolores de cabeza persistentes, mareos, insomnio, irritabilidad, pérdida de memoria o dificultad para concentrarse, pueden estar relacionados con un traumatismo craneoencefálico.

Mayorlis recuerda el momento en que esa frontera se cruzó sin que ella supiera aún qué significaba. Durante meses, los maltratos habían sido psicológicos, como ella misma explica, hasta que, estando embarazada de seis meses, él la agarró por el cuello hasta casi asfixiarla. A partir de esa primera agresión física, empezó a notar cambios que no sabía cómo interpretar. Lloraba cuando él no estaba porque delante sentía miedo, tenía pesadillas y, como describe con una imagen muy precisa, “mi personalidad se volvió pequeña”. Pero lo que más le desconcertaba no era solo el miedo, sino su propia cabeza: “Tenía mucha pérdida de memoria, no lograba retener mucha información y siempre he sido buena para eso. Todavía me cuesta retener información. No he sido la misma”.

Lo que Mayorlis describe coincide con las alteraciones neuropsicológicas que señala el estudio; problemas en la atención, en la memoria y en las funciones ejecutivas, aquellas que permiten organizar la vida diaria, planificar tareas y tomar decisiones. Son secuelas habituales cuando los golpes se concentran en la cabeza y cuando el estrés se mantiene durante años en niveles extremos.

Los estrangulamientos: la falta de oxígeno, aunque dure segundos, puede generar consecuencias cognitivas
El trabajo de la Universidad de Granada dedica además un apartado específico a los estrangulamientos, una forma de agresión que ha sufrido más del 50% de las mujeres víctimas de violencia de género. No solo es una de las prácticas con mayor riesgo de muerte, sino también una de las que mayor impacto deja en el cerebro. La falta de oxígeno, aunque dure segundos, puede generar consecuencias cognitivas, y el terror a morir activa una respuesta de estrés tan intensa que el cuerpo permanece en alerta permanente. Un 64% de las supervivientes desarrolla trastorno de estrés postraumático, y cuando la violencia se prolonga durante años por parte de alguien cercano, se habla ya de trauma complejo, una alteración que afecta a la identidad, a la forma de relacionarse y a la percepción del mundo.

Alejandra, nombre ficticio por seguridad, reconoce que no puede contar su historia de forma ordenada porque la recuerda “a trozos”. La violencia era constante, explica, pero no siempre igual. Había días de insultos y humillaciones, y otros en los que pasaba a los golpes, “sobre todo en la cabeza, en la cara”. Recuerda también cómo le apretaba el cuello y cómo, en ocasiones, se quedaba “como desconectada, como si me apagara unos segundos”. Uno de esos episodios fue determinante; “me golpeó contra la lavadora y me provocó un traumatismo craneoencefálico diagnosticado después en el hospital. Desde entonces, muchas cosas cambiaron en mí”, cuenta.

“Cualquier cosa me bloquea. Me siento lenta, como si mi cabeza no funcionara igual”

A partir de ahí empezaron síntomas que antes no existían; dolores de cabeza muy fuertes, mareos, una sensación constante de no estar del todo presente y una dificultad creciente para pensar con claridad. “Lo que más he notado es la memoria. Se me olvidan cosas recientes, conversaciones… me cuesta concentrarme, seguir una conversación larga, pierdo el hilo”. También cambió su forma de funcionar en el día a día. “Antes me organizaba bien, llevaba mis responsabilidades… ahora me cuesta muchísimo planificar, tomar decisiones. Cualquier cosa me bloquea. Me siento lenta, como si mi cabeza no funcionara igual”.

Uno de los aspectos más relevantes que subraya el estudio es que estas secuelas afectan directamente a la capacidad de las mujeres para contar lo que han vivido de forma lineal y coherente. No se trata de falta de credibilidad, sino de memoria fragmentada y daño cognitivo. Alejandra lo expresa con claridad, “cuando intento contar lo que pasó, no sigo un orden, mezclo cosas y hay partes que están borrosas, lo que me genera la sensación de que no me explico bien y no se me entiende. Sin embargo, en muchos procedimientos judiciales estas inconsistencias se interpretan de forma errónea, centrándose en valorar la veracidad del relato y no en detectar las posibles secuelas neuropsicológicas que lo explican.

La huella alcanza a la infancia

La investigación también aborda el impacto en niñas y niños que crecen en estos entornos, reconocidos como víctimas directas por la Ley Orgánica 8/2015. Hasta un 50% presenta síntomas de estrés postraumático, además de problemas de atención, memoria, ansiedad y baja autoestima. La violencia no solo deja huella en quien la sufre de forma directa, sino que se filtra en el desarrollo cognitivo y emocional de quienes la presencian.

A pesar de la dureza de los datos, el estudio señala una posibilidad esperanzadora; el cerebro tiene plasticidad y puede recuperarse con una evaluación adecuada y una rehabilitación neuropsicológica especializada. Mayorlis habla desde ese lugar de reconstrucción cuando explica que ahora su forma de tomar decisiones es “muy centrada” y organiza su vida con claridad, algo que era incapaz de hacer “cuando estaba en ese infierno”. Reconoce que los recuerdos siguen ahí, que “eso deja huella para toda la vida”, pero también asegura sentir paz al mirar atrás y comprobar que ha logrado salir. Aun así, confiesa “me he vuelto más solitaria, a veces me siento cansada de todo.”

Alejandra, por su parte, también está en terapia y empieza a entender que lo que le ocurre no es solo emocional, sino que tiene que ver con el daño que sufrió en la cabeza. “Es un procedimiento lento, pero necesario y poco a poco confío en poder acercarme a la normalidad”.

La ciencia empieza a confirmar algo que ellas ya sabían sin poder nombrarlo, el maltrato no solo deja cicatrices invisibles, sino golpes profundos en el cerebro que cambian la forma de pensar, de recordar y de vivir mucho después de que la violencia haya terminado.

Fuente: https://www.articulo14.es/

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