La recta final de la Agenda 2030, con un multilateralismo a prueba

La recta final de la Agenda 2030 coincide con uno de los momentos de mayor incertidumbre para Naciones Unidas y para el sistema multilateral desde su creación. Ya no está en juego únicamente el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), sino también la capacidad de la comunidad internacional para seguir construyendo respuestas compartidas frente a desafíos que ningún Estado puede afrontar por sí solo.

Cada julio, Nueva York acoge el Foro Político de Alto Nivel de la ONU, donde se revisa el avance de la Agenda 2030: qué se ha logrado, qué desafíos persisten y qué se ha dejado caer por el camino. Este año, el balance de los ODS se ha entrelazado con un debate mucho más profundo sobre el futuro de la gobernanza global.

En paralelo a las reuniones oficiales, la sociedad civil de todo el mundo se ha estado preparando para hacer oír su voz en un momento decisivo para el futuro del sistema multilateral. Lo ha hecho, además, en un contexto de restricciones crecientes a su propia participación, lo que da a este ejercicio un valor casi de resistencia cívica transnacional.

El momento lo exige. La ONU afronta simultáneamente una reforma de calado —la iniciativa UN80—, un cambio de liderazgo con la renovación de su Secretaría General, la definición de su agenda estratégica para las próximas décadas, y la implementación de la Agenda 2030 en su recta final, con informes poco alentadores de los logros hasta la fecha en grandes problemáticas globales como el cambio climático, las migraciones forzadas, los conflictos bélicos, el hambre o las desigualdades.

Precisamente esa coincidencia entre la recta final de la Agenda 2030 y la redefinición del propio sistema multilateral la que convierte este momento en un punto de inflexión histórico. Con una paradoja, ya que todos estos procesos, que deberían desembocar en una ONU reforzada,se abordan al mismo tiempo que los Estados recortan sus contribuciones y mientras se arrastra una crisis que no es sólo económica, sino también de legitimidad, falta de tracción y confianza.

El multilateralismo, tal como está diseñado, no siempre ha estado a la altura de defenderse a sí mismo

Una parte de esa crisis la han desatado gobiernos reaccionarios que han decidido abandonar consensos alcanzados durante décadas de negociación y construcción multilateral. Otra parte, es autoinfligida: si bien hay pocas dudas de que el mundo es mejor gracias a la ONU, la ausencia de mecanismos para frenar la escalada bélica, detener vulneraciones flagrantes de derechos humanos o impedir la erosión del derecho internacional, generan una alta frustración y cuestionan su capacidad para garantizar un mundo en paz en el que todas las personas disfrutan de sus derechos. No se trata solo de que el mundo se haya vuelto más hostil al multilateralismo; es que el multilateralismo, tal como está diseñado, no siempre ha estado a la altura de defenderse a sí mismo.

De ahí que esta reforma abanderada por el secretario António Guterres en lo que será su último año de mandato, se plantee como un cruce de caminos decisivo. Un camino lleva a un multilateralismo herido de muerte y desplaza la gestión de los grandes desafíos a soluciones nacionales o de bloques geopolíticos que sólo pueden ser parciales, insuficientes y, seguramente, orientadas a intereses de concentración de poder y económicos.

El otro, lleva a una ONU reforzada, capaz de estar a la altura de desafíos que ya no admiten respuestas únicamente nacionales. Además de un marco integral de políticas públicas para abordar universalmente estas problemáticas, la Agenda 2030 representa hoy el último gran consenso universal capaz de sostener una acción colectiva mientras se redefine el propio sistema internacional. “Estoy convencido de que la Agenda 2030 puede servir como sustento de un orden multilateral en descomposición”, aseguraba el ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, Pablo Bustinduy.

La reforma institucional concentra los desafíos más espinosos. La reforma del Consejo de Seguridad —bloqueada durante décadas por los mismos intereses que debería moderar— vuelve a estar sobre la mesa, aunque nadie apuesta por una solución rápida. UN80 exige, además, elevar la ambición con menos recursos, una ecuación que encierra el principal riesgo de esta reforma: que acabe convirtiéndose en un ejercicio de austeridad institucional en lugar de una verdadera transformación del sistema. Sin una redistribución real del poder y de los recursos dentro del sistema de la ONU, la reforma difícilmente reforzará la legitimidad del multilateralismo que pretende preservar.

Esta redistribución del poder debe darse entre Estados, pero también entre los distintos actores que deberían tener voz. Mandeep Tiwana, líder de CIVICUS, la alianza global que agrupa a miles de organizaciones de la sociedad civil, señala que “ninguna reforma será legítima si no amplía el espacio de participación ciudadana en los propios procesos de toma de decisiones”.

La sociedad civil global lleva meses insistiendo en un matiz importante: no está pidiendo una nueva generación de promesas, sino que se cumplan las que ya existen. El problema no es la falta de compromisos, es la falta de financiación adecuada, de incorporación de la evidencia científica a las decisiones políticas, de rendición de cuentas real, de participación estructural de la sociedad civil global y de mecanismos que traduzcan lo firmado en cambios tangibles.

Entre todos estos factores, la financiación es otro de los protagonistas de las discusiones, ya que los recortes en agencias humanitarias y de desarrollo no son una cuestión contable, son personas que dejan de recibir la protección más esencial justo cuando más la necesitan. El debate sobre la financiación es, en realidad, una medida del compromiso político de los Estados con el sistema multilateral que afirman defender. Los países más ricos están desinvirtiendo en la ONU, que se encuentra cada vez más debilitada, justo cuando el mundo necesita lo contrario. Por eso la sociedad civil considera clave apostar por la Convención Tributaria de la ONU, la reforma de la arquitectura de la deuda internacional y una gobernanza más inclusiva y democrática en todo este espacio. Son reformas estructurales más difíciles de concretar, pero quizás las únicas capaces de cambiar el rumbo arriesgado que está tomando el mundo.

En este contexto se necesitan liderazgos globales fuertes, para lo que Guterres ha conformado el grupo “SDG Advocates”, con personalidades influyentes que le apoyan en su labor para movilizar ambición política y acción para mantener los compromisos adquiridos en la Agenda 2030, habiendo nombrado esta semana a Pedro Sánchez como su copresidente.

Si España aspira a desempeñar un papel relevante en esta nueva etapa, deberá contribuir a que la reforma de la ONU fortalezca la capacidad del sistema para responder a los desafíos compartidos
Este posicionamiento de nuestro país debe traducirse en la promoción activa de un multilateralismo reforzado, más democrático y eficaz ante los problemas globales que enfrentamos como humanidad.

Si España aspira a desempeñar un papel relevante en esta nueva etapa, deberá contribuir a que la reforma de la ONU fortalezca la capacidad del sistema para responder a los desafíos compartidos. Solo avances de ese calado le devolverán la legitimidad que hoy tiene socavada.

La presidenta de la Asamblea General de la ONU, Annalena Baerbock, recurrió al Mundial de Fútbol para describir este momento. “Si algo nos está enseñando este mundial ‘loco’, es que hay que seguir las reglas del juego y que muchos partidos se resuelven en el último momento”.

La metáfora es pertinente. La Agenda 2030 entra en su tiempo de descuento, pero lo que se decidirá en estos últimos años va mucho más allá del grado de cumplimiento de los ODS. Está también en juego si la comunidad internacional sigue creyendo que los grandes desafíos del siglo XXI pueden afrontarse desde la cooperación o si acepta resignadamente un mundo fragmentado, donde cada país o bloque juegue su propio partido. Ignorar la voz de la sociedad civil en este proceso no sería solo un error de procedimiento: sería desperdiciar una de las últimas oportunidades para reconstruir un multilateralismo más democrático, más eficaz y capaz de responder, con todas las capacidades disponibles, a los desafíos que compartimos. La última oportunidad de jugar en un mismo equipo los partidos que de verdad importan.

Fuente: https://elpais.com/

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julio, 2026

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