Los españoles no alcanzan los niveles de consumo que aconsejan las autoridades sanitarias

La presencia de hijos en el hogar, la actividad laboral de los padres o la estructura familiar condicionan de forma decisiva la cesta de la compra y dificultan el seguimiento de una alimentación saludable. De hecho, en ningún caso, los españoles alcanzan los niveles de consumo que aconsejan las autoridades sanitarias.

Así lo destaca la segunda parte del estudio “Cómo comemos? Análisis del consumo de alimentos y bebidas desde una perspectiva nutricional (2022-2024)”, elaborado por la Fundación Eroski a partir de datos oficiales del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que publica la revista Consumer.

En concreto, el trabajo revela que las frutas y hortalizas, base de una alimentación saludable, apenas llegan al 64,5% del consumo aconsejado, mientras que el pescado se queda en el 60,8%. La situación es todavía peor en el caso de los frutos secos, que apenas alcanzan el 44,9% de lo recomendado, y especialmente de las legumbres, las grandes olvidadas de nuestra dieta, de las que solo se consume una cuarta parte (26,9%) de la cantidad aconsejada. De las cinco raciones diarias de fruta y verdura recomendadas, los españoles consumen de media apenas tres, lo que equivale a 22,6 raciones semanales de las 35 aconsejadas, un 64,5% del objetivo, y la tendencia va a peor: en 2022 el consumo medio era de 23,2 raciones semanales.

Como resume Alejandro Martínez Berriochoa, director de la Fundación Eroski, “estamos muy lejos de las recomendaciones. Las frutas y hortalizas son insustituibles desde el punto de vista nutricional y este déficit tiene consecuencias claras para la salud a medio y largo plazo”.

Los hogares con hijos, los que peor comen

Uno de los datos más llamativos del estudio es que la presencia de menores en el hogar se asocia con una peor calidad de la alimentación, y esta empeora a medida que los niños crecen. Los alimentos recomendados representan el 74,18% de la cesta de la compra en los hogares sin hijos, frente al 71,66% en los que tienen niños de hasta 6 años y al 70,46% en aquellos con hijos de entre 6 y 15 años.

La diferencia es aún mayor si se atiende a los alimentos que deberían consumirse a diario: suponen el 44,55% del total en los hogares sin hijos, pero apenas el 37% en las familias con menores. Lo que desaparece de la cesta de la compra son, sobre todo, los alimentos frescos: el consumo de fruta cae del 16,81% al 12,77%, el de hortalizas pasa del 13,84% al 11,10% y el de pescado desciende del 4% al 2,85% en los hogares con niños pequeños. En su lugar, ganan peso los productos poco recomendables, como dulces y precocinados, que llegan a representar el 29,54% de la cesta de la compra en los hogares con hijos, frente al 25,82% en los que no los tienen.

La cesta de la compra cambia también según la situación laboral de quien la llena. En los hogares donde la persona responsable de la compra está laboralmente activa, la dieta es peor: los alimentos recomendados representan el 72,13% de la cesta, frente al 74,88% en aquellos donde esa persona no trabaja.

La diferencia se aprecia sobre todo en los alimentos frescos, con menos fruta (14,58% frente a 17,42%), menos hortalizas (12,82% frente a 13,70%) y menos pescado (3,54% frente a 4,01%). A cambio, estos hogares recurren con mayor frecuencia a platos preparados (2,81% frente a 1,91%) y a dulces (14,55% frente a 12,65%), una tendencia que el estudio relaciona directamente con la falta de tiempo para planificar la compra y cocinar.

La edad y el tipo de hogar también marcan diferencias

La edad del responsable de la compra se consolida como uno de los factores más determinantes: el consumo recomendado diario pasa del 37,11% en los menores de 35 años al 47,93% en los mayores de 65, una diferencia de más de 10 puntos porcentuales. Con la edad crece también el consumo de fruta (del 11,45% al 19,37%) y de pescado (del 2,58% al 4,31%), mientras que los productos menos recomendados pierden peso en la cesta (del 30,06% al 22,98%).

Sin embargo, el estudio detecta un ligero deterioro reciente en los hogares de mayor edad, que retroceden 0,90 puntos en el peso de los alimentos más recomendados, lo que podría reflejar una pérdida progresiva de adherencia a la dieta mediterránea incluso en el grupo que mejor la mantiene.

El tipo de hogar también influye, los formados por personas jubiladas presentan el perfil alimentario más saludable, con un 77,33% de alimentos recomendados, mientras que los jóvenes independientes (69,59%) y los hogares monoparentales (71,41%) ocupan los últimos puestos. Precisamente, las familias monoparentales son señaladas por el informe como el grupo de mayor riesgo nutricional, al combinar una alimentación por debajo de la media con una evolución negativa de sus hábitos alimentarios.

Importante descenso de consumo de pescado

Más allá de la edad o del tipo de hogar, el estudio identifica un cambio de fondo que afecta al conjunto de la población: el progresivo descenso del consumo de pescado, sustituido cada vez con más frecuencia por la carne, incluida la procesada, un giro que aleja nuestra alimentación del patrón de dieta mediterránea. A ello se suma el aumento de los platos preparados y otros productos de conveniencia, especialmente en las zonas urbanas, donde el ritmo de vida deja cada vez menos tiempo para cocinar.

El informe no analiza en profundidad las causas de este cambio, pero apunta a que el precio no siempre es el principal responsable. «En estas decisiones también influyen la pérdida de habilidades culinarias o la percepción de que cocinar pescado es complicado», explica Alejandro Martínez Berriochoa, director de Fundación Eroski. El estudio desmonta además una idea muy extendida: comer pescado no siempre es más caro que recurrir a la carne procesada. «Según datos del Ministerio, de media, un kilo de pescado cuesta unos 11 euros, mientras que un kilo de carne procesada y embutidos ronda los 11,5. Sustituir carne procesada por pescado no solo mejora la calidad de la dieta, sino que incluso puede suponer un ahorro», concluye.

Según Fundación Eroski, “el problema no es la falta de información sobre lo que es saludable, sino la dificultad de llevarlo a la práctica cuando el tiempo escasea. Además, la pérdida de habilidades culinarias, la falta de conciliación y el auge de los platos preparados, especialmente en las zonas urbanas, están desplazando al pescado y los productos frescos en favor de la carne procesada y los precocinados”.

Fuente: https://financialfood.es/

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